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Carta a Federico

Esborrar les il·lusions d’aquella modernitat i cultura noves que s’havien començat a escampar per l’Espanya republicana és el que pretenien els feixistes que, avui fa 70 anys, van assassinar Federico Garcia Lorca. Però colgar el seu cos d’amagat als afores d’Alfacar no va servir per emmudir les seves paraules, encara ara es pot sentir la seva veu amb una claredat que emociona. Només la desmemoria pot matar-nos del tot. És per això que transcric avui aquí la carta que vaig escriure, fa sis anys, després d’haver conegut les cases granadines del poeta:

En la Huerta de San Vicente, la tarde del 12 de abril de 2000.

El olor y el tacto de los muebles nos habían ungido ya en Fuentevaqueros. Erizado el bello, la piel de gallina, un nudo en la garganta… Y con la mirada limpia tras haber llorado esa misma mañana en el Salón del Trono de la Alhambra llegamos, en esa tarde cálida y fértil de abril, a la Huerta de San Vicente. La simple visión de la casa entre los árbolesme llenó, ya, de gozo.

Entramos un pequeño grupo de 11 o 12 personas -conocidos algunos, otros no- acogidos cariñosamente por alguien que te estima y que nos mostró tu casa como quien da un abrazo sincero. Ofreció sentarse al piano a quien de nosotros quisiera, aunque nadie se atrevió; me hubiese gustado en ese momento ser músico para dejar las huellas de mis dedos donde las tuyas.

Recorrimos a continuación la casa y busqué tu presencia en todo cuanto veía; y ocurrió algo que aunque no había imaginado, supe de pronto que deseaba intensamente. Quien nos guió durante la visita preguntó ahora si alguien quería leer para todos alguno de tus poemas. No dudé un solo instante en ofrecerme. Yo, que hasta ese momento me había contentado con acariciar suavemente la madera de tu escritorio, podía ahora leer uno de tus poemas para quienes allí estábamos y para quienes llevaba en el recuerdo. En tu propia habitación, austera, y junto a tu escritorio, dejando que mis manos reposaran sobre el rastro de las tuyas…

Al azar apareció el Diván del Tamarit en un viejo volumen de la obra completa de Aguilar, y del Diván saltó, ágil y tremenda a un tiempo, la Gacela del niño muerto. No quise cambiar tu elección, tuve la sensación de que eras tú quien allí me llevaba de la cintura y me empujaba a vivir lo que iba a ocurrir.

Con una voz que tuve que rescatar de los pozos profundos del alma, y arrastrándola hasta la garganta con todas las fuerzas que pude reunir, leí. Leí tus versos muy despacio, los sentía en la garganta, en la boca, en los labios con la misma intensidad que se siente la carne. Sentí que estabas en mí, que me poseías, que los dos juntos y a un tiempo modelábamos el poema para que se hiciera en aquellos instantes Poesía. Estaba profundamente emocionado y traspuesto. Creo que también algunos de quienes nos acompañaban percibieron esa emoción.

Tú me abriste, Federico, y ya desde entonces herido…

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