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Misèries

Estimar, i fer-se estimar també, no és res més que fer fàcil als altres el trànsit dels dies. I si no ho aconseguim –que ens estimin, és clar- la resta no paga la pena: ni els diners, ni la carn, ni cap tipus de poder… Però no tothom ho viu així, i sempre hi ha a prop qui es creu l’Escollit i s’erigeix, cregut de si mateix i empès pels carronyaires, com un depredador víctima de la pròpia voracitat per fagocitar les altres vides.

Quan algun d’aquests individus entra en la nostra vida, quan ens atrapa l’estultícia d’algun pobre home (o dona) i les seves misèries ens enterboleixen la mirada, no ens queda altre remei que cercar refugi en la bellesa si no volem, també, com ell embrutir-nos.

Per això i per estalviar-me, com a mínim uns minuts, el destorb de l’estupidesa que aquests dies ens empaita, he recorregut a un vers de Miquel Àngel Riera que tinc sempre present: la bellesa de l’home és que crea bellesa. I tot seguit m’he capbussat en la Sarabanda de Johann Sebastian Bach. En el vídeo que il·lustra aquesta entrada la interpreta Glenn Gould; fixeu-vos com ho fa, lluny de les petites misèries humanes sembla que toqui el cel.

Una certa salvació

“¿Se supone que estamos destrozados? No. Sí. No lo sé. Se supone que estamos descoyuntados, fragmentados, enajenados. Se supone que estamos desorientados y estupefactos. Lo afirman la mayor parte de los filósofos y los sociólogos contemporáneos. Y no seré yo quien lo niegue. Además, cualquier forma de infelicidad y de dolor parece siempre honesta. Ahora la humanidad entera adopta una actitud de asombro, un gesto de cansancio, de no saber qué hacer: una especie de hastiada perplejidad medrosa ante el siglo que comienza.

Lo peor es que uno siempre tiene la sensación de estar solo. Hace poco estuve dando una conferencia en otra ciudad. Había unas treinta personas en la sala. En realidad, no se trataba de una verdadera conferencia, sino de una especie de mesa redonda sobre mis últimas obras. Fue una experiencia agradable. La gente me hacía preguntas acerca de mis novelas y yo debía contestarlas. Preguntas realmente buenas y a veces juicios de valor que demostraban que me habían leído a conciencia, cosa que, como es lógico, me aterrorizaba por un lado, pero por otro me halagaba enormemente. Los escritores invisibles nos maravillamos cada vez que tenemos ocasión de comprobar que alguien nos lee. Y alguien, una mujer, una mujer con acento sudamericano, una mujer muy hermosa, me preguntó, como si supiera muy bien lo que me preocupa:

– ¿Podemos salvarnos por medio de la literatura, puede la literatura ser una forma de salvación?

Diosmío, pensé entonces, la salvación otra vez. Le respondí que, casualmente, la pasada noche había estado releyendo algunas páginas de Maestros antiguos, una novela de Thomas Bernhard, un autor al que en otro tiempo leí con avidez. Le comenté que había encontrado un fragmento en el que decía: Nos confiamos durante toda la vida a los Grandes Ingenios y a los así llamados Maestros Antiguos, y nos vemos mortalmente decepcionados por ellos porque no cumplen su finalidad en el momento decisivo. Su finalidad. El momento decisivo. Eso es lo que opinaba Bernhard. Que tampoco los maestros antiguos, los grandes autores, aquellos que nos han acompañado a lo largo de la vida y cuyas páginas nos hemos aprendido prácticamente de memoria, cumplen su finalidad en el momento decisivo. Pero, ¿qué quiere decir en realidad? ¿Cuál es el momento decisivo? Y, sobre todo, ¿cuál es esa finalidad a la que se refiere?

Le dije: el que dedica su vida a la literatura, ¿qué puede esperar, al fin y al cabo, de la literatura en ese supuesto momento decisivo que no haya recibido ya? He dedicado mi vida a la literatura, puede decir uno, y al cabo de mucho tiempo (tanto que ya cambiar es imposible) he comprendido, le dije, que la literatura tampoco es la salvación. Pero, cuando hablamos de salvación(no recuerdo si Bernhard llega a utilizar esa palabra solemne, aunque no me sorprendería lo más mínimo) entonces, ¿de qué hablamos? ¿De no caer en la estupidez? ¿De no caer en la ambición? ¿De no caer en la locura? Evidentemente, no hay tal salvación; eso fue lo que le dije.

– No la hay –repetí varias veces-. No la hay.

Y sin embargo, de algún modo, sabemos que sí hay, después de todo, una cierta salvación, le dije después, O algo, en todo caso, parecido a una especie de pequeña salvación. Leemos o escribimos un poema (lo que sea, una hoja entera o una simple frase), y sabemos que en ese momento hay algo iluminador. Algo que posee la fuerza suficiente para hacer que todo se detenga. Que todo pase a segundo plano. Es como mirar un cuadro de Rembrandt, o de Vermeer. O de Rothko, o de Klee. A veces ocurre y otras no, pero cuando ocurre merece la pena. O como escuchar a Bach de vez en cuando. Como volver a poner el disco de las Variaciones Goldberg y encontrarte ahí de pronto con Glenn Gould acompañando con el piano su gruñido interior. Al final, lo mismo da que sean las Variaciones Goldberg o Tom Waits cantando All the World is Green. Dices, te dices a ti mismo: Diosmío, qué es esto. Te preguntas: ¿qué ocurre? ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué demonios está pasando ahí? ¡Qué maravilla!

Y dices: Que se detenga todo.

Eso fue lo que le contesté. Ésa es la única salvación en que ahora creo. Efímera, escuálida, temblorosa, una criatura que hay que cuidar constantemente. Luego están los días, claro, pero eso no tiene nada que ver con la salvación. Eso es el tiempo. El paso de las horas. Los días sucesivos. Los años que nos llevan.”

Fernando Luis Chivite dixit.